viernes, 6 de abril de 2012

LEONOR LÓPEZ DE CÓRDOBA, La primera valida ( III y última )


Catalina de Lancaster se había convertido en reina de Castilla al casarse con Enrique III. Ellos fueron los primeros príncipes de Asturias. Su unión simbolizaba la paz. El matrimonio de aquellos jóvenes había conseguido cerrar una vieja herida en el corazón de los castellanos. Ella era nieta de Pedro I y él de Enrique de Trastámara. Tras la muerte de Enrique III y ante la minoría del nuevo monarca, Juan II, el reino vivió diversas discordias internas por el enfrentamiento vivido entre los dos tutores del menor: su madre, la reina Catalina, y su tío, el infante Fernando de Antequera.

No se sabe exactamente cuándo Leonor López de Córdoba llegó a la corte, pero a finales de 1406 y antes de que expirase en Toledo el tercero de los monarcas Trastámaras, había logrado ya alcanzar la intimidad de la reina Catalina en calidad de camarera mayor y privada (1). Su hija, también llamada Leonor, entró en la corte como dama de compañía de la reina, antes de que en 1411 contrajese matrimonio con Juan de Guzmán, hijo del conde de Niebla y de notable linaje andaluz. Y su hermano fray Álvaro de Córdoba se convirtió en el confesor de la reina.



Su entrada en palacio supone un hito en la vida de Leonor porque su vida cambiará por completo hasta convertirse en una de las personas principales del reino de Castilla, con amplias influencias políticas al ser consejera personal de la reina, cuyas opiniones o pareceres eran más consideradas que la de nobles, clérigos, caballeros o doctores. Según las informaciones de uno de sus numerosos enemigos cortesanos, nada se hacía en la corte de la reina sin su consentimiento y aprobación.

Esta dama llegó a ser para la reina como un miembro de la familia, un vínculo directo con ese pasado petrista que tan presente estuvo en toda su vida. De una edad parecida a la de la madre de la reina, la infanta Constanza de Castilla, Leonor había sufrido también en sus propias carnes las desgracias de la guerra civil castellana y la pérdida de sus seres más queridos en los turbulentos años que siguieron a la llegada de los Trastámara al poder. La reina se refería a su valida como “la muy amada y deseada madre doña Leonor López, mi dueña, fija del maestre don Martín López, que Dios perdone, como aquella que mucho amo y precio, y de quien mucho fío”. Cuando firmaba sus cartas, la reina Catalina se consideraba como su hija.

Leonor López de Córdoba, al gozar de la máxima confianza de la reina Catalina, procedió a crear un entramado cortesano totalmente opuesto a los intereses del otro regente, el infante Fernando. Lo que pretendía la valida, al menos a ojos de sus contemporáneos, era alterar el status quo nobiliario emanado de las mercedes de los Trastámara, introduciendo un nuevo grupo de presión formado por miembros no sólo de pequeño linaje, sino también por aquellas familias de rancio abolengo que habían perdido su posición por militar en el bando petrista durante la guerra fratricida. Que Leonor intentó aprovechar su influencia en la corte para favorecer a los intereses de su linaje está totalmente comprobado, y amasó una considerable fortuna.



Las intrigas del corregente Fernando de Antequera -y porque no iban a dejar los nobles que mujer alguna mandara tanto- le costaron el cargo. El infante Fernando deseaba dirigir en solitario los destinos de Castilla y poder disponer de dinero para seguir acometiendo la cruzada en el sur. En este tiempo había conseguido un gran éxito militar al conquistar la plaza de Antequera. En sus intentos por debilitar la fuerza de su cuñada, no dudará en atacar desde distintos frentes la presencia de la valida, obligando a Catalina a prescindir de ella. Leonor abandonó la corte y regresó a Córdoba. El infante acusaba a la favorita de interponerse constantemente entre la reina y él, de aceptar sobornos por interceder ante la reina y de causar prácticamente todos los males del reino. Confiaba en manipular sin problemas a Catalina una vez desapareciera toda la gente de su círculo más próximo.

El propio infante, opuesto siempre a la valida, consideró oportuno acudir a la intercesión de doña Leonor, que se encontraba confinada en Córdoba gracias a él, para pedir a la reina que destinase los fondos de las campañas granadinas a su causa del trono aragonés. La reina accedió, pero las crónicas no demuestran esta vez ninguna satisfacción por su parte respecto a Leonor. De hecho, este acercamiento al infante, sancionado por las cartas que le escribió acto seguido, tuvo un resultado desastroso para la valida. Viendo una posibilidad de regresar a la corte, doña Leonor suplicó al infante que le concediera permiso para hacerlo. Éste le ordenó acudir primero a Cuenca, donde él se encontraba preparando los negocios de Aragón.

Al saberlo la reina Catalina envió cartas a su cuñado, en las que se le encargaba que despachase a su antigua valida de vuelta a su casa pues no estaba dispuesta a recibirla en la corte, hasta tal punto que, si la enviaba allí, “ la mandaría quemar ”. Leonor casi murió del disgusto cuando llegó a Cuenca y recibió estas noticias. Y ésta vez fue el infante quien tuvo que consolar a la dama y rogarle que volviera pacíficamente a Córdoba, donde pasó sus últimos años hasta su muerte.


Capilla del Rosario en la iglesia de San Pablo, Córdoba



El enfado de la reina debía de ser ciertamente grande, procediendo a echar de su casa a todos los miembros de la familia de su antigua amiga que quedaban al servicio de la Corona, retirando los oficios al hermano de su antigua valida y a su yerno Juan, así como a todos los oficiales a los que ella había encumbrado. La actitud de la reina se ha interpretado como el recelo natural a que doña Leonor fuese empleada como espía por el infante Fernando dentro de su propia casa. Esto explicaría también el despido de todos sus parientes, considerados como potencialmente peligrosos. Pero la misma crónica culpa de todos estos hechos a la nueva valida de la reina, la joven dama Inés de Torres, a la que la propia doña Leonor había introducido en la camarilla real con el cargo de camarera de la infanta Catalina. Se abría así una nueva etapa de influencias y rumores en la corte castellana, con esta dama como primera protagonista.

Nunca volvió Leonor López de Córdoba al favor real, a pesar de ello, dejó constancia de su fidelidad a la soberana entregando a la iglesia de San Pablo una donación perpetua para que dos veces al año se celebraran misas por la reina Catalina y su hijo. La iglesia de San Pablo fue siempre su punto de referencia; aquí mandó construir la capilla del Rosario, aquí fueron trasladados los restos mortales de su padre, y aquí se encuentra el sepulcro de Leonor, fallecida en julio de 1430.

Algunos años atrás había fallecido su esposo, al igual que dos de sus hijos: Juan y Gutierre. Su esposo, con la licencia de Leonor, había fundado dos mayorazgos, uno a favor de su hijo Martín y el otro en beneficio de su hija Leonor, en 1423. Estos hijos tuvieron vidas dispares. La hija entroncó con el linaje Guzmán al heredar su marido el condado de Niebla en 1436, se convertiría en cabeza principal de uno de los principales clanes sevillanos del siglo XV. Y el hijo consagró su vida a la religión: fue arcediano de Talavera, canónigo de Ávila y abad de Santander.


Fuentes:
(1) AMASUNO, MARCELINO V. Apuntaciones histórico-médicas al escrito auto-biográfico de Leonor López de Córdoba.
http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-leonor-lopez-cordoba/827016/
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003
ECHEVARRÍA, ANA. Catalina de Lancaster. Editorial Nerea S.A. 2002
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=lopez-de-cordoba-leonor